
Suena la música, las notas del tango poco a poco lo van llenando todo. Estoy sola en el salón, viendo caer esta tardía noche de principios de verano. Hemos hablado alguna vez, hecho algún vago plan para ir a bailar juntos. Es una asignatura pendiente que tenemos tú y yo. Una de tantas. Pienso en bailar contigo un tango, en aprender juntos. Me moriría de placer, de pasión, de felicidad, si pudiera estrechar tu cuerpo al mío al son de la música. Si me guiaras a través de la música, si tu pecho se apoyara en mi pecho para dulcemente dirigirme. Mejilla contra mejilla. Quisiera tenerte conmigo esta noche, bailar un tango, aunque fuera a nuestra manera, torpemente, recorrer el espacio que va llenándose de música lenta. Si tus tristes y grandes ojos oceánicos se posaran un segundo en los míos, y mi cuerpo estuviera todavía prisionero en tus brazos, comprenderías lo que guardo dentro. Lo que no he querido, sabido o podido mostrarte en tanto tiempo. Entenderías entonces que todo mi ser tiembla ante la posibilidad de que nuestras pieles se toquen, entenderías que quisiera poder escuchar tus historias mucho más desde cerca, en tu regazo, comprenderías que he tenido miedo de quererte todo este tiempo, probablemente comprenderías mucho mejor que yo misma el por qué de mis miedos, y con suerte, al ritmo del tango, también comprenderías por qué te anhelo tanto.